DE LA PÁGINA DE FACEBOOK DE ESTER

Ester Alvarez Oliva

5 de agosto a las 2:08

Hoy, 5 de agosto de 2019...

Me despertaré igual que aquel día, la diferencia, que ahora tengo que dar gracias a dios, por poder seguir levantándome todos los días... Aún creo que esto es una pesadilla, que no tendría que haber pasado... Que éramos un grupo de “ chic@s” trabajando la temporada... para seguir con nuestras vidas... el destino, karma... o llámalo como quieras... nos dio un palo tremendo.... solo nos sentábamos a comer...no es justo... no es justo...

por nuestras compañeras que no están...no es justo sufrir tanto... Sólo estábamos trabajando...

No puedo escuchar que nos sentábamos ahí, porque queríamos.

No puedo escuchar, que alguien se bañó después de la deflagración... Yo! Metí las piernas... después de estar en contacto con el fuego... y si hubiera explotado... x supuesto que me hubiera zambullido en el agua... No puedo escuchar, que si nos compramos o dejamos de comprar; si hacemos o dejamos de hacer... ¿No tenemos derecho, a seguir con nuestras vidas...? ¿No hemos sufrido bastante?...

Por suerte, estamos aquí... para que se haga #justicia por nuestras compañeras. No podemos retroceder en el tiempo... bien sabe dios... que si pudiera... lo haría... 

Desde hace dos años... te tomas la vida de otra manera... le das importancia a las cosas de otra manera... Vives la vida de otra manera (o como puedes)...

Dos años... seguimos esperando que se haga justicia, que confirmen qué pasó o porqué pasó... Que intenten evitar que desgracias como ésta vuelvan a suceder. Que no digan que fue un fallo fortuito... porqué para mi y mis compañer@s... no lo fue.

Acompáñanos esta tarde... para que nuestro grito...llegue más alto

 

ESCRITO RECIBIDO

Estimado sr. Cózar:

En primer lugar le agradecemos que se haya puesto en contacto con nosotros. Efectivamente la página web que nos indica resulta de interés para la colección del archivo web que está creando la biblioteca, en concreto, para la colección denominada Patrimonio Popular a la que daremos difusión en un futuro próximo, y cuyo contenido se centrará en tradiciones de la cultura del país que corren peligro de desaparecer por el olvido y el desconocimiento de las nuevas generaciones.

Una vez que hayamos guardado el sitio web, podrá consultar su existencia en: http://www.dl-e.es/openwayback/wayback . Desde ahí podrá ver si el sitio web ha sido guardado, pero no puede acceder a su contenido. Para acceder a su contenido deberá acudir a las salas de la Biblioteca Nacional de España o a los Centros de Conservación de las Comunidades Autónomas.

Muchas gracias por su colaboración y quedamos a su disposición para cualquier duda que quiera plantearnos.

Reciba un cordial saludo,

Biblioteca Nacional de España

Área de Gestión del Depósito de las Publicaciones en Línea

Paseo de Recoletos, 20-22. Madrid 28001

Tlf: (0034) 91 516 81 17- Ext. 218

 

COSAS DE NUESTRO PUEBLO Y ALGUNOS RECUERDOS DE MI VIDA EN ÉL

Sebastian Álvarez Cabeza

“EL MATAVACA”

¿Cómo pasar tantas veces tan cerca de este lugar y no sentir que un aire lejano te invade portando miles de recuerdos?      Casi todos los días al cruzar por la carretera, no puedo evitar volver la cara y contemplar con cierta tristeza este llano verde donde pastan algunas vacas y que durante muchos años fue “la catedral” de Facinas, “el estadio”, la instalación más pobre y sencilla que pueda imaginarse, pero donde la juventud de este pueblo disfrutó practicando el deporte rey, esa modalidad que por mucho tiempo que pase sigue siendo la que mueve más pasión, la que une a más personas tanto para practicarla como para compartir el cariño a unos colores.
Para mí el fútbol ha sido la gran pasión de mi vida. Algo difícil de explicar. Cuando apenas empezaba a correr, decía mi madre que solamente me gustaba jugar con una pelota, que dicho sea de paso era un juguete que casi nadie tenía, por lo que se improvisaba haciéndola de trapo, sí, cogiendo muchos trapos, aprisionándolos formando una bola y amarrándole una cuerda para que no se deshiciera. Y yo no había visto jugar nada más que a algún chiquillo, ya que no había ni tele, incluso ni radio. Las fotos de algún periódico me encandilaban, y le pedía a mi madre que me pegara un número en la camiseta interior, que ella me cosía y que yo lucía sólo corriendo detrás del soñado balón entre las hierbas del huerto que hay junto a la casa. Todavía, después de sesenta años, recuerdo la sensación que sentía al ponerme aquella camiseta de tirante con el número uno en rojo que mi madre había recortado de alguna tela. Pienso que el que fuera el número uno era por ser el más fácil de pintar y recortar.
Llamaba tanto la atención a mi familia aquella afición mía al fútbol, que un día mis tíos Chan Álvarez y Manuel Sevillano me llevaron a ver un partido en Tarifa. Yo no podía tener más de cinco años, pero no se me ha olvidado. Fue la primera vez que vi a dos equipos jugando más o menos bien y vestidos de futbolistas. Después estuve yo que sé el tiempo queriendo imitar cada salto o pirueta que había visto hacer a aquellos jugadores.


Mis tíos Chan Y Sevillano me llevan al fútbol en Tarifa.

Ya con siete u ocho años jugábamos partidos en el paseo, donde ahora se pone la feria. Unas veces en el de arriba y otras en el de abajo. Arriba, por el lateral que da a la calle Divina Pastora y abajo a todo lo ancho, y era cuando nos juntábamos más.
Recuerdo que en la esquina derecha acostumbraban los vecinos a tirar los desperdicios y los cubos donde se hacían las necesidades, por lo que siempre temíamos pisar por allí.
Había gente mayor aficionados a la práctica de aquello que traía los tiempos modernos, ya que hasta entonces toda la afición se concentraba en los toros.
Veía jugar a Vicente Ruiz, Diego y Juan Pérez, Orencio, Paco Estudíllo, Pepe Luís y Manolo Domínguez, Pedro Luque, Venancio Campos, y un número interminable de jóvenes de aquellos tiempos, a los que hoy no te imaginas corriendo detrás de un balón.
Mi tío Pepe Álvarez es la persona más lista que he conocido, pues estudió radio por correspondencia, Escuela Radio Maymó se llamaba, y cuando en el pueblo aún no había aparatos de radio, él los montaba. A veces construía hasta el mueble que contenía los elementos. Pues bien, montó uno para mi abuelo Antonio Cabeza que vivía en la calle Merced. El mueble era casi tan alto como una mesa, y alrededor de él se sentaban Antonio Campos, Antonio Muñiz, el ATS al que entonces le decíamos el practicante, el médico, y no sé cuantos más, personas mayores que atraídos por el milagro de la ciencia acudían a escuchar los partidos de la selección española. Yo, chico, chico, arrinconado, no perdía detalle de lo que relataba aquel locutor desde Río de Janeiro. A veces el sonido fallaba, y todos acercaban las orejas al aparato, o se mandaban callar para no perderse detalle. Mi abuelo, hombre de campo, que no entendía nada de fútbol, se dejaba llevar por aquella euforia colectiva.
Mi tío Pepe ha seguido demostrando su talento fabricando toda clase de aparatos y muebles, hasta hacer de ello su profesión, cuyo fruto es el importante comercio que tiene en Tarifa, Radio Álvarez, dedicado a la venta, reparación y montaje de todo tipo de aparatos y electrodomésticos, hoy regentado por los hijos
Curro Silva, el padre de Inés, que ya tenía la tienda que aun existe en aquella calle, al verme siempre detrás de una pelota y pendiente de los partidos, me llamaba Panizo, célebre interior izquierda del Atletic de Bilbao y de la selección. Yo estaba ya casado cuando murió, y todavía me seguía llamando igual.
En el paseo de arriba existía una pista de cemento que se utilizaba para el baile en la feria y allí muchas tardes se reunían para jugar a “combinar” y tirarle a un portero que defendía un marco imaginario solamente señalado por un trozo blanco en la pared.
Algunos domingos jugaban partidos aquí en el Matavaca, en un campo sin señalizar, sin árbitro y con dos piedras como postes. Casi siempre terminaban peleándose al discutir esta o aquella falta.
Yo siempre estaba pegado a ellos, pero no me dejaban jugar porque era demasiado chico, solamente en muy contadas ocasiones y porque faltaba alguien, conseguía mezclarme con aquellos que podían ser casi mis padres, y entonces les sorprendía con mi aptitud, porque, “modestia aparte”, sin saber cómo ni porqué, y sin haberme enseñado nadie, siempre tuve una gran habilidad para este juego.
Casi siempre me buscaban para portero que era lo que escaseaba, y a mí aunque no era lo que me gustaba, obedecía con tal de jugar.
Mis padres decían que no ganaban para zapatos, porque los destrozaba todos. Al final le encargaban a Miguel el zapatero unas botas (borceguíes) a la medida, hechas de “materiá”, con unas tachuelas en las plantas y unos bordes afilados que pesaban un quintal, pero que al que cogía lo dejaba cojo “pa toalavía”.
Miles de anécdotas me vienen a la memoria donde aparecen las figuras de chiquillos de aquellos días jugando al fútbol en diferentes lugares del pueblo y alrededores. Muchos siguen viviendo en Facinas, otros eran hijos de guardias civiles o militares, y otros, los más, tuvieron que emigrar. A veces los mayores formaban equipos para jugar contra los militares en el campamento. Allí he visto jugar hasta a Antonio Estévez, y después del partido se retaban “a echar luchas”, soldados contra paisanos. Yo era solamente espectador de todo aquello que ocurriera con un balón cerca.
Esta finca del Matavaca es de propiedad privada, por lo que eran distintas las personas que se sucedían en su arrendamiento, algunas de las cuales se oponían a que se utilizara para jugar al fútbol y nos echaban de allí, por lo que durante unos años nos íbamos a un “llanito” que había cerca de donde está hoy el geriátrico. Allí fue donde vi por primera vez a una persona darle con la cabeza al balón viniendo desde muy lejos y muy alto, sobre todo teniendo en cuenta que los balones de entonces tenían una abertura por donde se le introducía una cámara que se llenaba de aire y luego se cerraba cosiéndolo con una tira de cuero, por lo que si coincidía al darle de cabeza con el lugar de la costura, el “arañazo” era seguro. Pues bien, Joaquín Bañón, que así se llamaba aquel muchacho, ahijado del cura del pueblo, el Padre Sánchez, llegó para impresionarnos con su forma de jugar. El padre del cura, un tal don Manuel que después se dedicó a dar clases particulares, decía que era entrenador de fútbol y que iba a organizar equipos. Aquello fue la “reoca” para nosotros. Tenía ¡hasta un pito como el de los árbitros! para dirigir los entrenamientos. ¡Con qué ilusión corríamos para impresionar al entrenador!
Pero aquello duró poco, porque el hombre era algo inestable y muy nervioso. Un día sospechó que los chiquillos se reían de él, tiró el pito y dijo que no entrenaba más.
Siendo mi padre alcalde llegó a un acuerdo con el propietario para que ampliara la alambrada ocupando terreno del ayuntamiento a cambio de que se utilizara este espacio como campo de fútbol. Así se hizo durante muchos años, pero al fallecer el dueño y pasar a mano de los herederos, estos no reconocieron ese trato que se había hecho solo de palabra, pusieron una denuncia reclamando la posesión del lugar y prohibieron que se utilizara. Acudimos al alcalde de Tarifa, entonces Pepe Fuentes, diciéndole que podía llegarse a un acuerdo porque la finca ocupaba más terreno de lo que tenía en propiedad y argumentando una serie de razones que creíamos suficiente para paralizar el expediente y poder continuar utilizándolo como campo de fútbol. El alcalde dijo que lo tenía todo arreglado con los propietarios, que no había porqué preocuparse, pero lo cierto fue que finalizó el plazo para las alegaciones y vinieron del juzgado a ejecutar la sentencia que no fue otra que derribar los vestuarios, alambrada, porterías y todo lo que tanto había costado crear. Fueron los primeros días en los que fui alcalde, y creo que uno de los momentos más triste y de más rabia que he pasado en toda mi vida. Aún sigo esperando que el Ayuntamiento de Tarifa reclame los miles de metros que tiene ocupada esa parcela sin propiedad.
Crecí con la dichosa pelota metida en la cabeza. Me entrenaba solo. Recuerdo que en el huerto tenía como referencia unos cuantos de huecos en la pared, cada uno a una altura diferente. Yo corría con la pelota y si mirar tiraba para meterla en ellos. Lo hacía casi sin mirar. Tenía una puntería que donde “ponía el ojo metía la pelota”.
A mi amigo Cristóbal Cózar le gustaba la gimnasia, y juntos compramos un curso por correspondencia en una academia que se llamaba Sansón Institut. Tendríamos ya los trece o catorce años. Cada mañana, muy temprano, nos íbamos al almacén que tenía su padre en la calle Constitución, entonces General Franco, una puerta más abajo de la tienda de Ovalle. Allí realizábamos nuestra tabla de gimnasia sueca. Ejercicios para hacer musculatura que Cristóbal conseguía favorecido por su constitución, pero que yo jamás pude lucir aquellos bíceps que él enseñaba por entre las mangas “arremangadas” de sus camisas.
Lo hacíamos a escondida, diciendo que íbamos a estudiar, ya que entonces decías que ibas a hacer gimnasia y lo mas seguro es que te tildaran de loco o de tonto. Ahora, cualquiera que viera a dos jóvenes entrar muy temprano a un lugar, cerrar las puertas a cal y canto y salir al cabo de una hora o algo más, seguro que pensaría que algo raro estaban haciendo. Y no fallábamos ni un solo día.
Después hicimos algunos pinitos queriendo imitar a los trapecistas que venían en aquellos circos ambulantes, o al legendario Joaquín Blume, atleta español especialista en anillas que murió en un accidente de avión.
El lugar era el garaje que tenía detrás de la casa donde vivían. Nos colgábamos de unas vigas de madera haciendo unas contorsiones que casi nos “descoyuntábamos”. Cristóbal tenía más aptitud para aquello, yo no tenía tanta.


Practicando saltos de longitud

El Cristo y Chan en la cuesta del puerto

A mí seguía gustándome el fútbol por encima de todo. No obstante hice otro curso de atletismo, y esta vez me preparaba sólo, de noche, en mi huerto. Elegí la modalidad de salto de longitud y me preparaba para ello. Llegué a saltar cerca de seis metros, una distancia que por aquellos tiempos era cercana a las que conseguían los participantes en campeonatos nacionales.
También me aficioné al “campo a través”, que ahora le dicen maratón, y de noche me iba corriendo hasta el Puerto de Facinas. Los Domingos me iba a la sierra, allí me ponía unas calzonas y a correr saltando por las “albulagas”. Yo nunca soñaba con triunfar o conquistar alguna meta, solamente me gustaba superarme a mí mismo, disfrutar con lo que hacía. Incluso jugando al fútbol tampoco aspiraba a hacerlo en algún equipo de categoría. Me sentía a gusto simplemente practicando, de ahí que cuando con el tiempo tuvimos equipos organizados en el pueblo a mí nunca me gustó ir a jugar a otros sitios.
Hasta los quince años formé parte de aquella juventud que le gustaba el fútbol, y veníamos al Matavaca a practicarlo. No despreciábamos ninguna fecha, ni el frió ni el calor nos impedía jugar interminables partidos, la mayoría de las veces sin completar equipos de once. También era difícil tener un balón, ya que casi nadie podía comprarlo y además no lo vendían por aquí. No recuerdo haber tenido nunca uno de mi propiedad, y si en alguna ocasión guardaba el que comprábamos entre todos, lo tenía entre mis manos todo el tiempo que estaba en la casa.
Algunas veces quedábamos para entrenar a las ocho de la mañana en el Matavaca, y yo aprovechaba para llevarme el balón la noche antes, dormir con él y ser el primero en acudir al entrenamiento para correr un rato sólo detrás de aquella mágica bola de cuero. Más de una vez tuve que regresar sin haber tenido compañeros. Algunas personas mayores que pasaban para el trabajo me veían allí correteando solo y se destornillaban las sienes con el dedo índice haciéndome un gesto de que yo estaba loco.
Era el fútbol también un motivo de unión entre muchos jóvenes, ya que algunos practicaban por el simple hecho de formar parte de la pandilla. Aquí me viene a la memoria la persona de Manolín Notario, el hermano menor de Antoñita, que padecía de asma y tenía dificultad para jugar, aunque lo hacía bastante bien, pero le gustaba tanto la actividad con los compañeros que no dudaba en intentar jugar a pesar de su debilidad. Gran persona, inteligente, generoso, simpático, que murió joven en Madrid en una residencia. Es alguien que nunca olvidaré.

Alineación: Paco Jiménez, El Cristo, José Ojeda, Fernando Ovalle, Manolín Santander, Pedro Moya, Chan Álvarez, Cristóbal Cózar y Alfonso Santander.

Yo trabajaba en Tejidos Trujillo desde los trece años, y un encargado que tuvo llamado Bernardo Franco Utrera, de Tarifa, le gustaba mucho el fútbol y conocía a los dirigentes del Tarifa. Éste enterado de mi afición y aptitudes habló con Vicente Sáez, entonces presidente del Tarifa para que yo jugara en el equipo, y así fue cómo comencé a entrenar de una forma seria bajo las órdenes de un entrenador cualificado. Entonces era una época dorada del Tarifa, llegando a jugar en tercera división. Por mi edad jugaba con los juveniles, y en alguna ocasión fui convocado con los mayores. En los entrenamientos me defendía bien jugando mezclado con los jugadores mayores, marcando más de un gol a los porteros titulares. Participamos en competiciones comarcales, pero a mí me pasaba lo de siempre, que no me gustaba ir por ahí a jugar, y a veces decía que tenía un pié hinchado para no ir. Guardo buenos recuerdos de muchos partidos en Algeciras. Como siempre, mi tío Pepe, con su paciencia y buena disposición, era quién me llevaba todas las tardes a entrenar en su moto Harley Davison, cuando la carretera estaba llena de “chinos” y llegaba a Tarifa con el “culo boyao”.
El estar vinculado al Tarifa hizo que me despegara algo de los que jugaban en Facinas, que ya por aquel entonces empezaban a organizarse mejor y a salir chiquillos con buenas aptitudes. Me hicieron hasta un carnet de jugador, con una foto que me hizo Romero por cuenta del club. ¡No chuleaba yo “ná” con aquella “ficha”!.
Cumplido los diecisiete años me propusieron los dueños de la tienda que me fuera a Tarifa a trabajar en la que tenían allí. Entonces, ya no tenía permiso para entrenar y siendo una “figura en formación” dejé la afición por la obligación. Se necesitaba en la casa el pequeño sueldo que ganaba, además cómo dije antes, yo no tenía ilusiones por llegar más alto, así que me convertí en una incógnita, en alguien que si se lo hubiera propuesto quizás hubiera comido del fútbol, pero eso quedó en el aire y no me ha pesado nunca.
Dos años trabajando en Tarifa y casi dos años en la mili, aunque la hice aquí cerca, en Paloma Alta, fue un tiempo en el que participaba esporádicamente con la nueva juventud futbolera del pueblo.
Por aquel entonces ya empezaban a despuntar nuevos valores que acompañaban a Manolín Guillén y José Ojeda “El Algarrobo”, que eran los más punteros. Una auténtica legión de figuras nació por aquellos años, a los que animaba Juan Quintana, “El Litri”, entrenador improvisado, apasionado con los jóvenes que creía ver en ellos grandes esperanzas para el balompié nacional.
            ¡Que lista mas larga de buenos jugadores y mejores personas¡ Los hermanos Ramos, Felipe y Manolo Rosano, Manolo Santander, Paco Gálvez, Los Cucharas, Dionisio, Dominguín, El Nene de Vico, Curro Valencia, Paco el Quico , Pepe Santos, Fernando Ovalle, Chiripa,….y otros que de momento no recuerdo, pero que surgen cuando evocamos aquellos tiempos. Después vinieron los Trujillo, los Marciales, los Quicos más chicos, Juanito el del Salón,… y no sé cuantos más, algunos con grandes cualidades. Es posible que haya confundido las fechas, no estoy seguro si eran de antes o después, lo cierto es que llegó el tiempo en que aquellos que solamente corríamos a lo loco, pasamos a jugar con algunas ideas.
Pero lo seguíamos haciendo en aquel campo de hierba virgen en invierno y de “cardos” y suelo terrizo lleno de grietas y de boñigas de vaca en verano. Cambiándonos de ropa al “aire libre” y calmando la sed bebiendo directamente del arroyo que corría cercano, y que bajaba de Las Cabrerizas. Con postes de palos con “jorobas” y largueros con una cuerda. Juan Quintana organizaba partidos fuera y dentro del pueblo, y transportaba a los jugadores en el taxi de su propiedad, haciéndoles disfrutar con muchas victorias lejos del Matavaca, vestidos de blanco como el Madrid de sus amores, y que lo celebraba como si ganaran la copa de Europa. Un tipo muy especial Juan Quintana, fallecido hace unos años, todavía joven y tan pintoresco como siempre, nos apreciábamos mutuamente.
Después de hacer la mili, corría el año 66, volví a Facinas a trabajar en el mismo comercio de Trujillo, pero ya con un contrato como encargado. A la larga llegué a un acuerdo con los dueños, lo compré y fue mi medio de vida durante muchos años, hasta que me lo desvalijaron un 19 de noviembre de 1.983.

El Litri, Ovalle, Peinado, Pimienta, Curro Valencia, Manolo Rosano, Cuchara, Paco Gálvez, Paco el quico, Domingo, Santander y Guillén.

De nuevo me integré de lleno con aquella legión de aficionados que dedicábamos las tardes de los domingos a nuestro deporte favorito en este “estadio”.
Coincidieron por aquellas fechas algunos soldados de los destinados a este campamento que jugaban con nosotros, recuerdo a uno que se llamaba Sneider, de Málaga, otro al que le decíamos El Sherif y un tal Antonio que se casó con Rafaela la de Las cabrerizas. Todos jugaban muy bien, y alguno de ellos formaba parte de equipos de categoría nacional. Aquí destacaban pero nosotros no estábamos cojos.
Corría el año 69 cuando un gran amigo llamado Joaquín Maqueda Lugo que trabajaba en la Base Naval de Rota, donde participaba en la organización y administración de algunas actividades deportivas, se impresionó de la afición que había en Facinas al fútbol. De la afición y de las cualidades que tenían tantos jóvenes que jugábamos sin medios, sin instalaciones y a veces casi sin balones. Decía que le dolía ver cómo en Rota tenían de todo sin haber tanta afición, y estos chavales no tenían nada.
Y decidió ayudarnos. Nos aportó cuatro vestimentas equitaciones completas con botas y todo, dos para mayores y dos para niños. Balones, material, porterías nuevas reglamentarias con sus redes, ¡Qué sensación marcar un gol viendo el balón quedarse entre las mallas! Incluso aportó el dinero para construir unos vestuarios que levantamos entre todos, aprovechando que habían algunos albañiles como los hermanos Rosano, Manolín Guillén y algunos más. Aquello fue para nosotros como un sueño. Pasamos de cero al infinito, y claro, muchos chiquillos se aficionaron solamente por ponerse una ropa de colores. Algunos hasta anduvieron por el pueblo con las botas de futbolista.
Un 15 de agosto, día de la Patrona, fue la “inauguración” de aquellas instalaciones. El campo era un primor, un auténtico lujo para los que durante tantos años habíamos jugado en las condiciones más precarias que pudieran imaginarse.
Jugamos contra el Navy Echange (Navy Chein que le decíamos), equipo de la Base Naval de Rota, ganamos por 8 a 4 y yo marqué siete goles, ¡cómo para olvidárseme! La verdad es que muchos de aquellos jugadores eran americanos que no tenían mucha idea, y además hizo una tarde de calor sofocante, y yo con el calor rindo más, sí, sí, no te creas que es mentira, que es así.
Un 15 de agosto se inauguró el campo. Vestíamos como el Palmeira brasileño
A partir de ahí todo cambió. Tuvimos más organización, incluso se nombró una directiva donde Don Emilio García Velásquez fue el presidente y Paco Jiménez como siempre, el tesorero, hacíamos algunas actividades para recaudar dinero y mantener aquel impulso que nos había dado Joaquín Maqueda.
Joaquín murió en un accidente de tráfico cuando regresaba un día de Facinas, y al construirse el nuevo campo en la Vega Arteaga, le pusimos “Campo Municipal de Deporte Nuevo Joaquín Maqueda”, organizando una emotiva inauguración en su memoria. Pienso que aquí los facinenses dimos un ejemplo de personas justas

En reconocimiento a aquel gesto, decidimos que el campo de fútbol del Matavaca se llamara “Campo Municipal Joaquín Maqueda”.
Entramos en campeonatos comarcales, y la afición era muy apasionada, acudiendo muchos espectadores cuando venían equipos de fuera. Logramos conjuntar un equipo al que no era fácil de ganar, incluso buscamos jóvenes de Tahivilla y Tarifa como Ernesto, Pimienta, Andito, José Luis, para que formaran parte de aquel equipo que entusiasmaba a los aficionados del pueblo.
Muchas anécdotas vienen a mi mente de aquellos tiempos. No puedo dejar pasar la ocasión de contar aunque sean un par de ellas.
En una de aquellas competiciones los árbitros venían de Vejer, Barbate, Chiclana, etc. Teníamos que pagarles unas trescientas pesetas que lo hacíamos a “escote”. La mayoría lo hacían por el dinero y muy pocos por afición, demostrando muchos de ellos no tener ni idea de las reglas.
Una tarde llegó uno con dos horas de retraso. Había hecho auto stop y lo traía un camión de pescado que iba para Madrid. Desde que asomó por el Ventorrillo El Nene los pitidos del camión y los gritos del chaval anunciando su llegada se escuchaban en el Matavaca. El hombre no quería que se suspendiera el partido porque perdería sus trescientas pesetas.
Cuando llegó, no traía ni pito, ni reloj y ni siquiera un calzado apropiado. Tuvimos que buscarle un pito, y Paco Jiménez le prestó el reloj y las zapatillas. Cuando terminó el partido, se las ingenió para escabullirse y llevárselo todo.
Otro se vino el domingo por la mañana y lo invitamos con la intención de que nos favoreciera. Lo hartamos de comer y beber y después pitó dos o tres penaltys, pero… ¡en contra nuestra! Con la chispera que tenía no distinguía los equipos. Al final salió “por piernas”, porque fue tan descarado que la gente le quería linchar.
De esa manera transcurrieron los años, renovándose los jugadores. Yo tenía los cuarenta y todavía jugaba. Hoy con sesenta y mucho, José Ojeda el Algarrobo aún continua con la misma afición y corriendo como un chiquillo. Lo de este hombre es digno de resaltarlo.
Ya en los noventa se fundó el Club Atl. Almodóvar con Antoñito Franco de presidente y otro grupo de jóvenes acompañándole en la directiva. Militó el equipo en Regional y fue una etapa de una gran animación futbolística en el pueblo, con autobuses que acompañaban allá donde jugara. Hay que destacar en aquella fecha la labor de Antonio Ramos que se encargó de que el campo estuviera bien cuidado, con césped y todo.
En las nuevas generaciones de futbolistas que podemos señalarlas hasta el día de hoy, figuran mis hijos Chan y David, que heredaron mi afición, aportando ellos buenas cualidades. Ambos jugaron en el Tarifa hace unos años. Hoy están dedicados a sus trabajos, aunque siguen participando con los demás aficionados del pueblo.
Más jóvenes hay unos cuantos que juegan bastante bien. Algunos participan con el Tarifa en Primera regional.
Voy a parar aquí estos recuerdos del Matavaca, que aunque me he extendido no comprenden tantas y tantas horas pisando este lugar. Seguro que se me habrán olvidado los mejores. Espero que si lo lee alguien que también utilizó este campo y esta práctica, saque los suyos y los agregue, así le haremos el homenaje que merece este lugar que nos arrebataron de mala manera Allá más abajo se divisa el nuevo campo, con césped, graderíos, sistema de riego, vestuarios con duchas de agua caliente, carretera de acceso y aparcamientos; en fin, con toda clase de facilidades para los futbolistas de hoy. Pienso que con el paso del tiempo no será tan recordado como este Matavaca.
Me recreo en este Matavaca, ya inexistente para jugar al fútbol, pero conteniendo los recuerdos de una juventud que vivió otros tiempos. El sonido de un balón rematado se hace eco en la Motilla, mientras la voz de alguien permanece pidiéndola… ¡Pásamela, pásamela!

 

FOTO DE LA SEMANA